DOSSIER | Pensando el Salario Universal en era de Pandemia

Por Gabriela Olguín



La plaga del Covid-19 ha dado lugar a intensos debates sociales, que lejos de quedar reservados a los ámbitos de investigación y de gobierno, han traspasado los muros de academias e instituciones para llegar a la sociedad toda en el mundo entero. La aparición de esta enfermedad producida por este virus nuevo se ha visto más envuelta en incógnitas y datos desconocidos, que en certezas que hagan fácil la toma de medidas.


Además de muchas otras cosas, que el seísmo del Covid-19, ha dejado al descubierto los extravíos de la brújula moral de los sistemas de convivencia social, es algo innegable. En ese sentido uno de los debates más incómodos en el mundo entero es el que se instituye alrededor de la desigualdad. El crecimiento permanente y sistémico de las exclusiones, de “las periferias existenciales”, de la explotación del planeta y de la riqueza, que imperan de por sí en el orden social vigente, alcanzaron desde el comienzo de la pandemia números monstruosos.


Ese modelo y el poder que le es implícito, avalan (ahora tal vez un poco más detrás de bambalinas), una cultura profunda del descarte y el aniquilamiento. De forma cada vez más capilar e invisible, se alienta en la sociedad civil una familiaridad por proximidad con la desigualdad.


Así lejos de rechazarla, se busca provocar una habituación a ella, asimilable al que traen las cifras publicadas a diario, de casos y fallecidos por el virus. Una sensación de fatalidad, de inevitabilidad donde unos cuantos miles de millones de personas que integramos esta humanidad, sólo podemos desear con todas nuestras fuerzas no hallarnos entre esos dígitos fatales mañana, pasado, en los próximos meses o años, sintiendo, a veces atentos y a veces inadvertidos, que aunque lo intentemos no dejamos de resbalar lentamente hacia la exclusión o la muerte (mientras escribo estas líneas las víctimas oficialmente reconocidas ya se acercan al millón y la cifra de contagiados supera largamente los 30 millones en el mundo entero—622.000 contagiados, cerca de 13.000 muertes en Argentina).


Esa percepción que aturde nuestras libertades, se consolida en este 2020 en el centro de todas las controversias y el dilema presente en todo sistema político que persiste en sus aspiraciones, de plasmar por lo menos con balance aparente las desigualdades de su sociedad, hoy palpita con escandaloso protagonismo en los programas de gobierno.


En la agregación a los esquemas políticos de esta ardua contradicción, el papel que juega el salario o ingreso universal ha sido principal en el proyecto de todos. Sin embargo este proceso dista de estar libre de errores o de estar consensuado entre todas las tendencias. El conocimiento sobre el asunto no es limitado. El derrumbe del mundo del trabajo y la seguridad social, tal como lo conocimos no es nuevo, es objeto de estudio hace un rato largo y en la búsqueda de soluciones urgentes incluso desde las consideraciones más humanas, es frecuente que surjan diferentes posturas y discrepancias.


Consciente de la simplificación que hacemos omitiendo los profundos enfoques que abundan, y son desarrollados ampliamente sobre el tema queremos deliberadamente poner énfasis en la pregunta: ¿quiénes y cómo deben discutir esta ya incuestionable salida?


Algunos sistemas de pensamiento, ansiosos por pasar rápido una parada que se evidencia ineludible en esta senda, (la de replantear de verdad y profundamente, la política y la economía para el bien común), saltan directamente al concepto de ingreso universal si ninguna contraprestación o corresponsabilidad, incondicionado, individual y permanente. Es decir, una elección asequible para achicar brechas, entendiendo la justicia social sólo como distribución de recursos.


Aquel arcaico apotegma de que los que tienen más posibilidades de proyectar el futuro se permiten discutirlo y los que menos posibilidades tienen discuten menos, estaría en el centro de la afirmación de que un ingreso universal, es decir algo así como un subsidio al desempleo y la exclusión permanente, sería expresión de respuesta colectiva y solidaridad social. Al repercutir en la calidad de vida, alentaría las potencias transformadoras de la sociedad civil.


En este punto me gustaría decir que los naufragios que produce la desigualdad difícilmente puedan contenerse con un ingreso garantizado, aunque no negamos, claro, que el acceso a lo necesario para una existencia estimada como humana está en la base de toda reflexión. Pensar el salario sólo como un mecanismo económico es un error, se podría desmonetizar completamente la vida cotidiana asegurando lo básico y de todas formas habría desigualdad. Es cierto que el salario es la materialización de una deuda en restitución, pero antes es reflejo de derechos luchados y obtenidos, alrededor del trabajo como organizador de la vida en un espacio de pertenencia colectiva que es donde residen las virtudes de los pueblos felices.


Ante el escenario del trabajo en el mundo actual, se escucha decir en respuesta a lo antedicho, que eso ya no es posible y que hoy hace falta desarrollar un sistema previsional que no esté exclusivamente orientado al mundo laboral.


Desde la Economía Popular solemos decir que lo que falta no es trabajo, sino derechos. Hay trabajos por los que no se paga, trabajos que no se consideran trabajos, una infinita red de trabajos esenciales porque sostienen la vida que deben necesariamente legitimarse. Trabajos que contribuyen en forma desconocida a producir el alimento, la indumentaria y el calzado, los cuidados y los servicios de todo tipo que consume la humanidad entera en porcentajes mayoritarios. Esta realidad es observable si se sigue el trazado de un producto o servicio de la Economía Popular y abundan ejemplos donde pueden identificarse los focos de explotación y los eslabones enlazados con todas las sociedades, por variadas que sean.


Pero además, una vez que esos trabajadores y trabajadoras se instituyen dinámicamente alrededor de la lucha por sus derechos, crean prácticas transformadoras que vuelven esperanza la misma existencia familiar y comunitaria. Organizándose alrededor de oficios nuevos y viejos, el trabajo vuelve a su categoría de sagrado, entendido como la suprema dignidad de los pueblos, la suprema dignidad de los trabajadores.


La actividad de sus organizaciones debe ser clave para dejar de pensar en pedazos y avanzar en un conocimiento totalizador para la toma de mejores decisiones, no sólo a través de observar sus experiencias económicas y organizativas o elaborar hipótesis y estudios, sino para mirar desde su perspectiva diferente la misma existencia de la familia humana en el planeta. Claramente decimos que el salario universal debe ser pensado y decidido, desde adentro de los que nunca tuvieron voz y desde los que siempre estuvieron abajo.


Destinar el salario universal como parte de la política de gobierno para la protección y fomento de este nuevo empleo, en coordinación con las iniciativas privadas y con el protagonismo específico y central de toda la sociedad civil, no es utópico ni voluntarista.


Es vital que el acumulado de los procesos productivos de hoy se ajuste a las necesidades de las personas en la unidad de sus singularidades, sin abandonar la idea de eficiencia pero no poniéndola en el altar donde terminaremos sacrificando la justicia, la libertad, la creación y la toda la vida misma.


Es un acto de valentía no saltearse la opresiva cercanía de la injusticia y la exclusión, lo mismo que no auto complacernos ignorando nuestra fragilidad ante la enfermedad y la muerte. No están inevitablemente determinadas, no son una constante histórica.


Hoy las miradas desintegradas parecen campear causando una encerrona para las soluciones que requiere la emergencia superior. Creemos necesario mirar la realidad poliédrica a la luz de los otros para penetrar en estratos más profundos de lo que hoy se nos manifiesta, así se nos ampliará este horizonte inesperado, iluminado por valores no advertidos.


Sin ponderar en exceso ni subsidiar mitos inalcanzables, proponemos caminar junto a quienes en solidaridad atraviesan cotidianamente las condiciones indignas de desigualdad que producen tanto dolor cambiándolas con sus manos.




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