“Convidarnos del feminismo popular fue poder bajarnos de 12 horas de la carreta”

Por CEL Prensa


Jacqueline Flores nació en la provincia de Córdoba, es la menor de cinco hermanos. Familia de laburantes, Jackie conserva un recuerdo inamovible, el de sus padres trabajando todo el tiempo. Sus hermanos uno a uno fueron dejando la provincia de Córdoba hasta que le tocó el turno a ella, y fue así que con solo nueve años dejó Córdoba para recalar en la Ciudad de Buenos Aires. Ser una niña no impidió que tuviera que trabajar para sobrevivir en una Ciudad fría y hostil. El primer trabajo que recuerda es de vendedora ambulante, ayudada por su hermana mayor encontró este trabajo que ejerció por varios años sufriendo las arbitrariedades recurrentes de la policía que, como ahora, no permitían la venta ambulante. Pasaron algunos años hasta que descubrió otra manera de ganarse el sustento, otra forma de trabajar, una actividad que le cambió la vida. En esta entrevista a Jackie Flores repasamos los comienzos y el desarrollo de trabajo de las Promotoras Ambientales, el Bachillerato Popular Cartonero y principalmente la visión de una militante del feminismo popular.


¿Cómo fue tu comienzo en el trabajo cartonero?


Jackie –El mundo cartonero en mi vida llega después de un par de años. También, en aquel momento empezaba a sentir que la pelea era en conjunto con alguien, no sola. No era pelearme sola con la policía. No aceptar, por ejemplo, cuando venían y me hacían una contravención, y me robaban, literalmente, la mercadería. Y la verdad que la palabra “organización” en aquellos tiempos comenzó a rondar mi cabeza.

Soy una mujer que no tuvo los estudios terminados, entonces la opresión es, también, un conjunto de cosas y un Estado ausente. Lo que sí, a mí me sirvió pararme de la historia obrera que me traje de Córdoba. Y a partir de ahí llego el mundo cartonero un par de años después, ya padeciendo las injusticias de la Ciudad de Buenos Aires, plantándome, no muy claramente, pero la realidad era que yo me le plantaba a la policía y reclamaba por qué me llevaba si no había cometido ningún delito.

Después, el Gobierno de la Ciudad, que en aquel momento el intendente era Aníbal Ibarra, no quería regularizar la venta ambulante. Nos empezamos a organizar y logramos lo más importante que tengo: un carro. Estábamos disputando en CABA nuestros derechos laborales y habíamos logrado un permiso, y la posibilidad de pagar un carro. Porque desde aquellos tiempos vengo entendiendo que la generación de trabajo es tener responsabilidades y obligaciones. No utilizar el espacio público sin ningún propósito, o esto que siempre me molestó, de que el Estado asistía sin determinar con claridad qué tipo de asistencia es. A mí nunca me gusto eso del Estado gerenciando la pobreza. Y la verdad que estábamos en esa pelea. Por ejemplo venía una razia enorme donde me llevan toda la mercadería, me dejaban sin una media por vender. Ser vendedora ambulante en CABA es buscar la vida en la demanda, la necesidad del otro; si era una media, si era un corpiño, si era un sahumerio; ahí está la viveza del trabajo del vendedor ambulante. Adquirí una experiencia enorme en la calle. En un momento volví a quedar con una mano atrás y otra adelante, y el replanteo de todo lo que me había dado esa subsistencia en la calle. Siempre fui despierta y muy curiosa. Una de las cosas que me ayudó a sobrevivir fue eso, justamente fue ser curiosa y atenta a la vez, por todos los peligros que conlleva la calle. Observar que había hombres y mujeres que pasaban con sus carros y que salían a cartonear. Fue ahí donde evidentemente había la posibilidad de generar otro trabajo, de tener para comer. Y bueno, no fue fácil cartonear con una bolsa de consorcio negra. Acá, en Paternal, un barrio pegado a Chacarita, estaban los famosos galponeros, los intermediarios del mundo cartonero.

Después ya había empezado a formar mi familia, era mamá. No me fue bien en esa relación. Me quedé sola, y con la responsabilidad de las hijas y el trabajo por delante. En aquellos años comencé a entender que el trabajo ordena la vida. De esa historia obrera que yo me traje, de lo poco que pude percibir de mi crianza y de lo que aprendí en la calle que, justamente, cuando uno es honrado, cuando es noble… que por más que me hayan hecho nacer pobre no significa que no soy digna. Entonces, a partir de eso, comprendí que mi trabajo me iba a permitir salir de esa circunstancia en la que me había quedado. El progreso viene a partir del trabajo, del esfuerzo, del sentirme digna todos los días.


Después padecí otra violencia que tiene que ver con el Estado ausente: no tenía donde vivir. Los pobres en la Ciudad de Buenos Aires parece que no cuentan pero existimos, y somos un número importante. Y la verdad que el pago del alquiler acá es muy caro, es expulsivo, inclusive. Es denigrante. Están esas políticas puestas al servicio de denigrar, de hacerte sostener un negocio paralelo al negocio inmobiliario. Hay un negocio en la Ciudad de Buenos Aires en cuanto a la pobreza y el hábitat, a la vivienda. Y la verdad es que me tocó tomar un lugar. Me tocó, no tuve opción. Me tocó tomar un lugar para el resguardo mío y de mis hijas. Y ahí aparece otra lucha, que también he podido dar en la Ciudad de Buenos Aires. Encontré hombres y mujeres, muy dignos, también, que me dieron la posibilidad de aprender, de acompañar y de formarme. Uno de los grandes problemas, grandes flagelos que yo tenía de violencia estructural y que me sacaba mucho el sueño era dónde dormían mis hijas y yo. Pudimos combatir al gran negocio inmobiliario y ganamos el derecho de vivir en la Ciudad. Y ahí también aprendí a reformular las palabras. La verdad que yo no ocupé nada: yo recuperé un derecho negado, que es distinto. Entonces esa formación hizo que cada vez me animara a más. Y el mundo cartonero llega en una instancia de la mano de esta lucha de vivienda en Ciudad, porque una de las cooperativas cartoneras era aval de esta ley: era el Ceibo. Ya de muy chica conocía a una compañera llamada Cristina que me ofrece trabajar en el Ceibo. Aprendo un montonazo. Era mi primera experiencia organizada dentro del mundo cartonero y en esa cooperativa encontré un lugar de trabajo. Yo recuerdo que Cristina me dijo “bueno, fíjate vos donde te podés sentir más cómoda”, y donde encontré ese lugar en esa cooperativa fue justamente en la descarga del material que traían los compañeros que a su vez eran los choferes de Amanecer, que es una cooperativa muy grande en Latinoamérica, hasta el día de hoy. Y en esa descarga, conozco a Sergio Sánchez.


Es como que mi historia se va enlazando en esto del transcurrir en un colectivo, que fui comprendiendo y desandando en mis tiempos. Soy una mujer que nunca me dejé apabullar, nunca me deje atropellar. Siempre tuve esa capacidad de: “bueno pará, que lo necesito entender: ¿cuál es la propuesta y hacia dónde me querés llevar? Yo soy la que decido”. Yo decidí a los 9 años hacia donde quería ir. Imagináte que eso es un plus que viene conmigo. Cuando lo conozco a Sergio conozco esta realidad, aprendí un montón, aprendí a sobrellevar un centro verde con todas las complejidades que eso significa. Aprender, no solamente lo que significa el volumen para que una cooperativa rinda, aprender lo que significa una cinta grande, donde realizamos el picoteo. Donde los compañeros terminan de separar lo que nosotros vamos a retirar puerta a puerta. Lo que después de muchos años, me permite dar el gran salto con Promotoras Ambientales, es justamente lo que en manos cartoneras el vecino y la vecina de la Ciudad de Buenos Aires le entregaban a los compañeros. Después el retiro y la logística de los camiones que terminaban en la descarga. Saber cómo se prensa, que es una prensadora simple, doble; cuánto pesa un fardo de cartón, por qué tenemos que hacer fardo de cartón, porqué la industria quería fardo, etc.


“Basta de un país con dos sistemas: desde el subsuelo de la Patria, se hace oír un grito por una sociedad: sin esclavos ni excluidos”.

Y un día de tantos, a pesar de que la vida se iba ordenando, a mí me faltaba algo. Y ese faltar no era culpa de la cooperativa. No soy una mujer que me pueda acostumbrar a una rutina. Yo necesito desafíos constantes. Y en uno de esos días de trabajo, en el Centro Verde, donde teníamos una tele y cada uno podía ir y descansar un ratito, y ahí por la tele –por la “caja boba”, como le dicen– conocí a Juan Grabois, un pibito muy chiquito parado en un mástil en una de las comisarías de Once exigiendo la libertad de cartoneros y cartoneras. Y ahí ya está. Ahí comprendí que ese lugar era un techo para mí, que esa inquietud que tenía de la rutina si bien me hacía feliz, si bien me daba esa tranquilidad, que la comida estaba garantizada, yo necesitaba otro oxígeno. Y así fue como obviamente lo fui a buscar. No demoré mucho tiempo en encontrar a Juan. Lo encontré en una de los aniversarios de aquella batalla también que la hice como propia que se daba del MTE contra los talleres clandestinos –el taller de Viales, no es tan difícil saber por dónde andaba Juan en aquellos años–. Me lo encuentro, le digo mi inquietud, y él lo único que me dijo que hasta el día de hoy me fortalece es “vení y hacé”. Y después me encuentro con Sergio Sánchez desde otro lugar: no recibiéndole los bolsones, no peleándome por la cantidad de bolsones que bajaba y que yo le tenía que entregar, sino que me encuentro con un Sergio Sánchez muy generoso, que hizo que hasta el día de hoy lo siga eligiendo, con una generosidad enorme, también diciéndome: “bueno, encontrá que lugar querés acá; bienvenida”. Y en eso de pertenecer al Movimiento de Trabajadores Excluidos, la frase de mi primer remeta –acá me voy a quebrar un poquito– que me entrega Sergio… hay una frase que me impacta y que representa todo lo que soy hasta el momento que soy parte del MTE, y que es la frase que hoy estaba mirando cuando decía, digo… esta pared que está acá atrás mío representa mucho, porque está la historia de una construcción de años, de una historia colectiva donde me siento parte, abrazada, donde encontré mi sentido de pertenencia. Y la remera, mi primera remera del MTE –por esas cosas de la vida que se va desgastando– está hecha bandera en mi hogar. La frase es muy fuerte porque dice: “Basta de un país con dos sistemas: desde el subsuelo de la Patria, se hace oír un grito por una sociedad: sin esclavos ni excluidos”. Y es el grito que yo creo que di a los 9 años, es el grito que me representa, es el grito que tomo como propio, y que a partir de haberme encontrado con compañeras y compañeros, que evidentemente pasaron una historia triste como la mía, pero que también tenemos la particularidad de que no nos quedamos en esa historia sino que nos pusimos acción.


Vos le diste voz a las mujeres en ese proceso, ¿Cómo fue ese desarrollo?


Jackie –Yo creo que fue la bienvenida. No sentí nunca que en el MTE me daban permiso. Me abrigó por sobre todas las cosas. Entonces, a partir de esa libertad que construyo, mi impronta de lo personal a lo colectivo nunca tuvo un parámetro, nunca alguien me vino a decir: “che, esto no; esto sí”; me dejaron ser. Y bueno, soy bastante inquieta. Entender que los derechos se pelean, entender que los derechos se defienden; evidentemente si la voz nuestra no está alzada, cuesta un montón que esas voluntades se entiendan; que no solamente la voz de una mujer puede contar una historia triste, la voz de una mujer puede plantarse defender esos derechos, a saber desmenuzar esa palabra. ¿No tener derecho qué es? Es no tener derecho a una identidad, derecho a un hogar.


¿Recordás el año en que vos te vinculaste al MTE, que lo viste a Juan Grabois? ¿Y cómo se vivía el sindicalismo feminista por esos años?


Jackie –La primera vez que lo vi a Juan fue hace 18 años. No, no había nada. El trato que tengo con los militantes, con los fundadores del MTE, con Sergio Sánchez, con los compañeros cartoneros y cartoneras tiene que ver con el hombre. Yo nunca me sentí menos que un hombre. Siempre fue un trato de igualdad. Yo soy una mujer de mucho carácter. Me formé y tuve que sacar mi carácter para sobrevivir a las situaciones extremas de la Ciudad de Buenos Aires, y de trabajar en la calle. Yo nunca tuve que interponerme a la palabra de un compañero varón dentro del MTE. Eso es lo que viene conmigo. Por eso, construir en libertad fue eso justamente. Se me permitió y yo me permití generar este espacio en que la voz de la mujer cartonera esté donde tenía que estar, y donde me llevaban las inquietudes hacia lo colectivo. Por ejemplo, el proceso de discutir la ley Basura Cero en la Ciudad de Buenos Aires, plasmada con mis compañeros en la Legislatura, fue un momento muy fuerte para mí. Fue realmente tener cerca la institución y fue el espacio para ir a discutir política pública, y discutir los derechos del trabajador que habíamos generado. Y por aquellos años tampoco se veía la mujer, que yo recuerde. La mujer que sigue estando hoy en la CGT –porque yo la historia sindical en la medida que puedo la sigo, me apasiona– una sola mujer hasta el día de hoy, creo, que sale del sindicato de modelos y después pará de contar.


Esos son los objetivos colectivos de los cuales uno se va agarrando de la vida misma, del camino mismo. Llegar, digamos, una mujer, no se la veía muy visible, no se la escuchaba. Ser cartonera en la Ciudad de Buenos Aires y en la República Argentina no es nada fácil, tenés que tener la misma templanza, la misma fuerza que un varón para levantar una carreta de 300 kg. Entonces, de ahí para abajo, el parámetro no te lo podés bajar. Y discutir el sistema de reciclado con inclusión social en la Ciudad justamente fue par a par. Yo no sabía, digamos, esto de referenciarte, yo no sabía que lo mío iba para el lado sindical. Lo que sí sabía era que iba en un colectivo, y que si nosotras no empezábamos a decir también las necesidades de la mujer, ésta se quedaba como callada. Entonces, toda esta experiencia de poder arrebatarle a la Ciudad de Buenos Aires un sistema de reciclado con inclusión social fue parte de la historia mía y colectiva, y de ahí me paro. A mí me sirvió hacerme cargo de algo muy importante: yo soy la nieta de muchas luchas. Tuve que rearmarme en la vida y a mí la que marca mi camino es Evita, porque ni soy atrevida ni dejo de ser. Tuvo orígenes, marcó un camino en el cual ella misma nos enseñó y nos dejó y me dejó, y a mí hasta el día de hoy me sirve. Y el que piense distinto, que lo piense. Para no retroceder, para no relegarse a nada, yo me hago cargo de la historia que me dejó. Yo me hago cargo de esa historia obrera.


Tenes herramientas para agrupar a las mujeres, para unirlas. ¿Cómo fue el inicio del proyecto de Promotoras Ambientales?


Jackie ­­–El proyecto de Promotoras me da mucho orgullo. Se inicia de la experiencia cartonera, de discutir con mis compañeros y compañeras una ley de basura en la Ciudad de Buenos Aires, viendo los incumplimientos de la ley de Basura Cero.

Era obvio que la carreta de 300 kilos me iba a cobrar en la salud. Las mujeres latinoamericanas no somos altas, de metro ochenta. Era obvio que las articulaciones me iban a cobrar. Los primeros días que no podía trabajar estaba angustiada, no podía concebir que no había nada más para mí. La verdad es que soy una mina jovial, de mucha fuerza. Pero la fuerza no me permitía tirar el carro. Para mí era muy fuerte no tener la opción del trabajo. Entonces se me ocurrió hacer una propuesta. Entonces le dije a Juan (Grabois) y a Sergio “estuve pensando que a partir de todo lo que había aprendido de la ley de Basura Cero, y que como los medios le siguen mintiendo a los vecinos y vecinas, más información sobre el ABL, podemos hacer algo con todo esto”. Entonces le dije a Juan tengo ganas de comenzar a conformar un grupo, ni siquiera se llamaba promotoras, sino algo como enaltecer la lucha cartonera. Y los dos me dijeron lo mismo que me dijeron años atrás cuando me recibieron. Anda y hacé. Esa palabra que me encanta, me enamora. Andá y hacé porque no hay ni siquiera trabas. En ese andar y hacer empecé a convidar a las compañeras referentas, porque la particularidad de Amanecer, es que tiene su cuerpo de delegados, todas mujeres. El Movimiento de Trabajadores Excluidos en su conjunto, las cooperativas que lo conforman, las presidentas somos todas mujeres. Tenemos una particularidad de feminismo ahí que no estaba explotado. Algunas compañeras me dieron bola, otras no. Hasta que un núcleo chiquito me dijo que sí. Yo quería probar desde otro lugar, y desde ese lugar, es que comprendí que a partir de la palabra y cómo comunicamos también nosotras podemos generar trabajo. Y generar trabajo tiene que ver con la esencia, tiene que ver como una identidad trabajadora, tiene que ver con una historia cartonera en la Ciudad de Buenos Aires. Tiene que ver un sistema de reciclado con inclusión social. Y qué mejor que nosotras para convidarle a la sociedad la verdadera historia, no la de del eslogan de Ciudad Verde. Así es que este programa les permite a las mujeres una vez en su vida, al menos, elegir. Porque ni yo ni mis compañeras elegimos tirar una carreta. Mis compañeros y yo venimos de no tener una opción. Esta vez sí.




"Yo me fui sola a convidar del feminismo"

¿Cuántas promotoras son?


Jackie –Este sueño lo genero y creo el programa hace 9 años atrás con seis compañeras. Después de nueve años en CABA somos 72 compañeras. 12 de las cooperativas que pudimos licitar para poder llevar a delante el sistema de reciclado con inclusión social, cinco tienen cuerpo de promotora ambiental. Y era obvio que no nos íbamos a quedar ahí y hoy el programa de promoción ambiental es a nivel nacional. Hoy en la Argentina somos 500 promotoras ambientales. Ser parte del cambio real y el valor que se da, realmente, a los trabajadores de la economía popular, me enamora cada vez más. Eso hace que no me quiera quedar callada en ningún lado. Hace que no deje de interpretar las realidades, ni la mía ni la de mis compañeras. Y desde ahí interpelo el feminismo. El feminismo popular tiene que ser bien entendido. Somos las sin derechos. Somos las humildes. A mí no me gusta mucho la palabra pobre. Ni si quiera somos pobres de espíritu nosotras, tenemos una garra tremenda. Yo discuto esa palabra. El feminismo popular tiene que ver con violencia estructural de un estado ausente. No es lo mismo la vida real de una trabajadora de la economía popular que una trabajadora compañera del feminismo de clase media o trabajadora obrera. Acá tenemos que desmenuzar. El feminismo a nosotras no nos vino a buscar. Otra vez la iniciativa que tenemos nosotras fue quien busco al feminismo. Yo me fui sola a convidar del feminismo. Imaginate en el círculo de trabajo, todas nosotras, la mayoría no tiene estudio. Todas nosotras tenemos que trabajar muchas horas. A muchas de nosotras nos pasó la vida por encima. Y casi no tenemos ningún derecho cubierto. Entonces, el feminismo popular pasaba o por la tele o te pasaba directamente de costado. No es culpa del feminismo popular, no vamos a hacer tan duras. Convidarnos del feminismo popular fue poder bajarnos de 12 horas de la carreta. Con hijos y 12 horas de carreta no tenes ganas de hacer nada. Ahora a partir del programa de Promotora Ambiental me puedo bajar de 12 horas de carreta a 4 horas, de mañana o de tarde. El programa viene de la mano de retomar un derecho que es la educación. Va de la mano del Bachiller Popular. Cuando se hizo la asamblea feminista en el galpón de Chacarita fui a convidarme sola del feminismo. Fui a convidarme sola de esa herramienta que me enamoró. Pero es una herramienta que no me marea. Una herramienta tiene que ser clara. En el feminismo se tienen que dar muchas discusiones.




"La intención del bachi, la intención de Promotoras es pararnos desde un sujeto político y sindical."

¿Comentanos qué es el Bachillerato Popular?


Jackie –El bachillerato Popular Cartonero de llama “Anuillan”, es un nombre mapuche y significa mujer decidida. A mí me tocó terminar mis estudios de noche en un CENS de la Ciudad de Buenos Aires, impulsada por mis hijas. Hijas que crie en libertad. Fue un derecho que me lo negaron. Desandándome llegó la educación y defendí además el derecho de que mis hijos tengan educación. Eso permitió que mis hijos pasaran por la primaria, la secundaria y la universidad. Un día me dicen, “¿che ma, vos que sos tan inquieta, por qué no terminás los estudios?” Y la verdad es que me bancaron. Fue una época muy dura porque dormía cuatro horas para terminar el Bachi, me despertó y abrió la cabeza. Comencé a comprender un montón de cosas más de lo que ya había comprendido. Si uno concibe la lucha colectiva, uno le tiene que entregar lo mejor a los compañeros. Y como, lamentablemente, me pasó a mí, la educación inclusiva, en la Ciudad de Buenos Aires como en provincia y en todos lados, sigue siendo excluyente. Entonces armamos una herramienta para la que la educación llegue a donde tiene que llegar. Entonces con una de mis hijas que estudia Ciencias de la Comunicación, empezamos a formar esta idea. Ya estaba la experiencia de los Cens; pero faltaba la palabra popular, que termina abrazándome, se acuesta y levanta conmigo. Lo popular tiene que ver con que si vamos a pedir como conformar quienes van a hacer los profesores del bachi, entiendan que construir para soldar no viene con un mandato preestablecido. Que vengan con el corazón abierto para aprender del mundo cartonero. Porque no siempre la cuestión de alumno profe es una estructura. No son paredes, no es algo tan frío. Y mi mundo cartonero necesita de un ida y vuelta que los convide, no de una obligación. Porque además somos personas grandes. Terminamos de conformar una herramienta hermosa. Es el primer Bachillerato Popular Cartonero de latinoamérica. Me da mucho orgullo. Y tiene perspectiva de cooperativismo. La intención del bachi, la intención de Promotoras es pararnos desde un sujeto político y sindical.


Desde ese sujeto político y sindical ¿cómo te ves vos ingresando a la CGT?


Jackie –Para mí lo colectivo es muy fuerte. Es verdad la consigna de lucha, “para atrás ni para tomar impulso”. Me gusta volver a las bases de donde salí. Y no es una cuestión de dañarme, al contrario es un cable a tierra. Creo que el recorrido me lleva a pensarme y soñarme sentada en la CGT. Pero también tengo la capacidad de saber construir con el feminismo popular. Para mí el compañerismo atraviesa mi vida. Para mí ser sorora y compañera es parte de lo que soy. Que tenemos que poner más de lo que estamos poniendo, sí. Que tiene que haber una mujer dirigiendo la CGT, sí. Que me gustaría ser yo, obvio que sí. Nosotras en cuatro de años de macrismo tuvimos la capacidad de armar la mesa sindical. De mujeres sindicalistas.


¿Cómo ves desde el feminismo popular la relación con el gobierno de Alberto Fernández?


Jackie –Estamos muy complejas. Una cosa es el feminismo popular que me representa, es una elección. Ahora el feminismo popular no es un eslogan. Hay un antes y un después del despertar de muchas de nosotras, trabajadoras de la economía popular. Una cosa es sindicalismo sindical sabiendo que el límite era Macri. Ahora el sindicalismo popular, sabiendo que hay otro gobierno que es popular, entonces yo lo quiero discutir al feminismo. Porque el feminismo como el sindicalismo no va paralelo de qué línea política es la que gobierna o no. Tiene si independiente. No debe tener afinidad. Cuando el presidente actual quiso recibir a los movimientos sociales fuimos muchas mujeres de la economía popular. Porque esa es la impronta que tiene también la economía popular. Fuimos a decirle nuestras necesidades reales concretas, nuestros derechos incumplidos. Pero también fuimos a felicitarlo por el ministerio de mujeres. Pero también, dije bien claro: “no vengan a confundirnos con un ministerio sino tiene lo que tiene que tener, que son recursos.” Porque me vas a tener reclamándote lo que te tengo que reclamar. Una cosa es el sujeto político, y otra cosa es el sujeto social y sindical que van de la mano. Porque si bien nosotros no tenemos un patrón o una patrona visible, nuestro patrón termina siendo el Estado. Y cuanto más ausente y cuanto más el estado mire para otro lado yo le voy a disputar los derechos de mis compañeras.